1. El inicio
31 de Diciembre 2019, Sori, Italia.
Me despido de mi familia y tomo el vuelo Airfrance con destino a Santiago de Chile. Será un año nuevo volando sobre el atlántico. Tal vez, la extraña circunstancia de pasar el año nuevo sobre un avión presagiaba que el 2020 sería un año especial. Y no es que el 2019 hubiera sido tranquilo, estábamos aún en pleno estallido social en Chile. Sin embargo, la pandemia irrumpiría en nuestras vidas de manera aún más sorpresiva e inesperada.
Ya en Chile escucho las primeras noticias acerca de un nuevo virus que está causando neumonías en la provincia de Wuhan, China. Será un tema de China, -pienso para mi-. A fin de cuentas China es un país tan grande, como distante y desconocido desde mi lógica occidental. Sin embargo a poco andar, la apacible Italia, que acabo de dejar hace pocas semanas, será la primera nación occidental en ser golpeada brutalmente por la pandemia, al igual que ocurría en plena edad media, cuando la peste negra irrumpía en Italia través de rutas comerciales con Asia, matando a cerca del 50% de la población europea y poniendo fin al medioevo.
El siguiente turno de la desgracia sería para España, otro país con el que tengo una gran conexión, ya que viví más de 10 años allí, estudié, emprendí y vi nacer a mis cuatro hijos. Luego de multitudinarios mítines políticos y de varios eventos masivos alrededor del fútbol, que pasaban por alto las advertencias sobre el virus y lo visto en Italia. El SARS-CoV-2 desataba toda su ira sobre la confiada población española. Y el sistema de salud pública que tanta confianza inspiraba en su población, mostraría grietas inimaginables para afrontar un virus, relativamente débil en comparación al SARS-CoV-1 pero infinitamente más contagioso.
Aunque el virus ya estaba desatado en Italia, la tierra de mis padres, y en España, la de mis hermanos, yo seguía pensando que en Chile estábamos demasiado lejos para que nos llegará el virus de esa manera. Históricamente hemos creído que Chile es una especie de isla protegida por el desierto más árido del mundo, el Océano Pacífico y la interminable cordillera de Los Andes. Pero más pronto que tarde, en el mes de marzo siendo más específico, estaríamos todos en el mismo baile. Un drama global sin precedentes en la memoria, una crisis sanitaria abismal, que a su vez desencadenaría una crisis de la economía real de proporciones incalculables. De la noche a la mañana, cerraron los comercios, los restaurantes, los colegios y las universidades. Abrieron las urgencias, las camas covid, el miedo, la angustia y la preocupación. Y en medio de cuarentenas e incertidumbre, comenzaba a romperse la brecha entre la tecnología y la resistencia al cambio. Y todos, absolutamente todos, nos veríamos obligados a sacar el máximo provecho a nuestras computadoras y teléfonos celulares. Comprando el supermercado por internet, teletrabajando o incluso viendo a nuestros familiares por videoconferencia.
Un giro inesperado de la historia, un desafío sanitario y económico global, el quiebre de miles de nuestros paradigmas, el cambio radical en nuestra forma de vivir. Todo en un solo año, el 2020. Que como una bisagra, nos llevó hacia una dirección absolutamente nueva, desafiante y desconocida.
Un año, que puso fin a una época de muchos cambios, para adentrarnos definitivamente a un cambio de era.
Bienvenido al mundo que viene…
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